Soy de TACNA, y escribo desde acá ocurrencias propias y no necesariamente por coyunturas.
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viernes, 15 de marzo de 2013

FANCISCII

Ahora sobre el nombre de nuevo Papa, FRANCISCO, se pensó primero que lo tomaba en alusión a S. Francisco Xavier, el Misionero, aunque luego se aclaró que realmente la motivación venía de S. Francisco de Asís, el Poverello. Cuelgo aquí dos caricaturas que vi en Youtube en las que se dramatiza parte de la vida de estos dos santos.





http://tacnamanta.blogspot.com/2010/10/san-francisco.html






http://www.corazones.org/santos/francisco_javier.htm


jueves, 4 de octubre de 2012

04 DE OCTUBRE


03 Francisco se menosprecia a sí mismo 

"La humildad y paciencia que se demuestra en la contrariedad, ésa se tiene y no más" (San Francisco, 13 adm.)


El pasado elegante y jovial y su figura asceta y destrozada por la renuncia absoluta y entrega a Cristo, debió de constituir un contraste perturbador para la gente sencilla de Asís. A Francisco se le honraba, se le estimaba, se le adoraba por la gracia, la juventud, el ingenio, el buen gusto en el hablar y en el vestir, y las dotes naturales que le conferían singular atractivo y prestancia.

Contra esa fama y contra esa estimación intrascendente procede ahora así vestido, la túnica raída y con una cruz de palo en las manos. La reacción popular es desigual: los amigos se esconden, los parientes le menosprecian y se apartan, la gente le contempla entristecida o indiferente, los niños, menos considerados, le persiguen, le apalean con vástagos vegetales, como procederían contra un loco.

Francisco va adelante sin volver su rostro: el mundo ha muerto para él. Al fondo, el castillo de los señores del lugar, imagen emblemática y lejana de su pasado ennoblecido y gentil.

Destaca en la composición la amplia perspectiva del paisaje y de la ciudad, apunte del natural. El monumento que se distingue sobre el monte es la Roca Mayor de Asís, una fortaleza medieval. La suavidad del color y de la luz recrea una eficaz perspectiva aérea.


34  Francisco sale al encuentro del lobo de Gubio. 

"Debemos amar a nuestros enemigos y hacer bien a los que nos aborrecen". (San Francisco. Carta a los fieles)


Con ocasión de cruzar el santo el término de Gubio, presta atención a los lamentos de unos labriegos, dolidos por los estragos que infiere en sus ganados la ferocidad de un lobo. Francisco sale a su encuentro; lo requiere con amables palabras, y sorprendentemente, el animal, reconvenido por el santo, acude a sus pies, de modo que el santo opta por conducirlo a la ciudad, donde permanecerá ya así toda su vida.

Tal vez no sea ésta una de las pinturas más felices de la serie, sobre todo a la hora de ilustrar el encuentro de ambos protagonistas; sin embargo, la composición en la que domina ese muro quebrado que arranca de la base del cuadro nos convierte en un testigo más de este particular momento.




me parese que ya es un alo desde que di a conocer este blog, un año ha

martes, 19 de junio de 2012

MUCHO TRABAJO !!



Hay una experiencia que narra San Agustín que no he podido encontrar en internet para copiarla, pero intentaré hacer memoria:
Agustín y sus amigos eran universitarios jóvenes que intentaban abrirse paso para lograr reconocimiento y un buen trabajo como “abogados”. Era labor de todos los días hacerse más conocidos, les iba a costar mucho tiempo lograrla y lo sabían bien. Pero “vale la pena” decían. Es lo mismo lo que pasa actualmente: llegar a estabilizarnos en algún lugar de trabajo no fue fácil nunca.
 En medio de estos días arduos, el grupo de estudiantes se encuentra con un borrachín –como los que vemos por la Avenida Industrial- haciendo su bulla, hablando solo con una botella de pozo santo en la mano. El hombre estaba cantando, platicando con los árboles, feliz de la vida. Aquí es donde el Santo se pregunta algo así como: “y como es que nosotros nos esforzamos tanto para alcanzar nuestras metas, metas buenas y saludables, luchamos tanto por dinero, prestigio, amor, salud, todo para poder ser felices, En busca de la felicidad como dice la película. Pero mirando a este individuo que, sin dinero, ni prestigio y quizás sin salud ya, pareciera haber encontrado la felicidad que tanto habíamos  buscado. ¿Qué es lo que buscamos en realidad con tanto trabajo? Si es tan fácil ser feliz, ¿para qué tanto afán estudiando y trabajando?”

Me hizo pensar mucho esa reflexión. Era muy jovencito cuando leí las Confesiones de San Agustín. Pero sigo con la interrogante (algo de razón tiene el santo obispo): el fin de nuestras luchas y sudores es ser felices, vivir alegres y contentos, aunque parezca contradictorio (sufro para ser feliz; contrario a lo otro: ser feliz en el sufrimiento e incluso a causa de éste).  Pero, ¿no hemos notado que muchas veces la felicidad no se da con todo ese trabajo o éxito sino con ´cosas´ más pequeñas, ´menos´ importantes? Para qué, para qué todo esto?
Para qué una chamba obligada, aburrida, estresante? Para qué tanto compromiso pesado, espeso, que te corta las alas?
Justo estoy escuchando una canción de Cabral que versa un poco sobre lo que intento decir hoy; una letra tan cierta:

No crezca mi niño,
No crezca jamás,
Los grandes al mundo,
Le hacen mucho mal.

El hombre ambiciona,
Cada día más,
Y pierde el camino,
Por querer volar.

Coro.
Vuele bajo,
Porque abajo,
Está la verdad.
Esto es algo,
Que los hombres,
No aprenden jamás

Por correr el hombre
No puede pensar,
Que ni él mismo sabe
Para donde va.

Siga siendo niño,
Y en paz dormirá,
Sin guerras,
Ni máquinas de calcular.

(Prosa)
Diógenes cada vez que pasaba por el mercado
Se reía porque decía que le causaba mucha gracia
Y a la vez le hacía muy feliz
Ver cuántas cosas había en el mercado
Que él no necesitaba.

Es decir que rico no es el que más tiene,
Sino el que menos necesita.

Es decir, el conquistador por cuidar su conquista,
Se convierte en esclavo de lo que conquistó,
Es decir, que jodiendo,
Se jodió.

Más
Dios quiera que el hombre,
Pudiera volver,
A ser niño un día
Para comprender.

Que está equivocado,
Si piensa encontrar,
Con una chequera,
La felicidad.

Coro

Hay momentos en que las personas tenemos dilemas existenciales que a veces llegan a ser fundamentales para el propio futuro, y en algo de eso estoy. Qué hacer? Y la respuesta que me dan las naturalezas es: sé feliz!! Y me dirán: se nota que no te gusta tu chamba, Bictor. No es eso; lo que no me gusta es la obligación; no poder ir a donde quiera, cuando quiera. Quizá simplemente Bictor quiere ser un irresponsable, un cínico a lo Diógenes, a lo Cabral. Y Bictor responde desde el fondo: quizá, quizá.

 Tacna, 19 de junio, 2012, 00:26 horas.



martes, 4 de octubre de 2011

LA PERFECTA ALEGRÍA

 

"Si nosotros llevamos todas las cosas con paciencia y alegría por Cristo, escribe, hermano León, que en esto está la perfecta alegría". (San Francisco en Florecillas, 7)





El día no puede ser más desapacible. Nieva copiosamente y el viento frío vence los cuerpos de los dos religiosos, descalzos sobre la nieve, blanco el camino, los montes lejanos y los arbustos próximos. Francisco alza un tanto el cuerpo y entrelazando los dedos de las manos piensa en lo que sería la perfecta alegría, consistente en poder compartir por amor los dolores de Cristo, como un singular favor:

-- ¿Sabes, León, en que consiste la perfecta alegría? Supón que al llegar ahora al convento desfallecidos, humedecidos los hábitos y cubiertos de barro, el portero incomodado nos despide llamándonos bribones e hipócritas que robamos las limosnas de los pobres, y que, al insistir obligados por el hambre, nos rechaza no sin antes golpearnos y arrastrarnos por tierra, si acertamos entonces a sufrir con agradecida paciencia tales adversidades, escribe, hermano León, que en eso reside la perfecta alegría.

El toque de pincel transparente que representa los montes, la vegetación y el camino muestra los intensos blancos de la nieve. Este color envuelve a los personajes cuyas formas y rostros reflejan el sufrimiento de estos momentos. La cara del santo con los ojos dirigidos al cielo eleva una plegaria. Su compañero, con un físico quebrado por el cansancio, no parece tener fuerzas siquiera para continuar el camino








http://www.sanantoniocolegio.com/58benlliure/12cuadro.php

viernes, 8 de octubre de 2010

SAN FRANCISCO


FRANCISCO, GRAN AMIGO DE JESÚS
por Leoncio de Grandmaison, S.J.



Entre los grandes amigos y testigos de Jesús durante la Edad Media, el P. Grandmaison, en su obra "Jesucristo", destaca a S. Bernardo y a S. Francisco.
 Francisco de Asís, al igual que Bernardo, partía de la vida humana y terrestre de Cristo. Muy diferente del monje de Claraval, Francisco no fue ni sabio ni teólogo, ni siquiera presbítero. Su corta existencia no le permitió realizar personalmente las obras inmensas de apostolado que ilustraron la vida de un Vicente Ferrer o de un Francisco Javier. Humildemente sometido a las autoridades de la Iglesia no ambicionó nunca el título de reformador; y, sin embargo, las almas religiosas saludan en él a un héroe incomparable del Espíritu. Pero fue por la contemplación del Salvador y el esfuerzo perseverante de una imitación que pudo parecer a los superficiales literal en exceso, como se elevó Francisco a tal altura. Acabó por estar de tal manera compenetrado del espíritu, del amor, de la doctrina, padecimientos y predilecciones de su Maestro, que apareció a los hombres de su generación y continúa apareciendo (y éste es el secreto de su ascendiente incomparable) como otro Jesús. Un discípulo más celoso que sabio, Bartolomé de Pisa, ha subrayado, hasta la exageración legendaria, las concordancias de la vida de Francisco con la de Jesús. Exageraciones inútiles; pues no son los rasgos materiales los que revelan esta conformidad, está en otra parte, y es más profunda. Manso y humilde de corazón, pobre como los pájaros del cielo, sencillo como un niño, vibrando de gozo en la humillación y el sufrimiento, comentario vivo de las bienaventuranzas, el Pobrecillo de Asís podía decir que no vivía ya, que Cristo era el que vivía en él. Los estigmas fueron en él más bien efecto que causa; pues consumaron en la carne del santo una imagen ya perfecta en el espíritu.
¡Qué llama tan viva de amor la que brota del alma y de los labios de Francisco! Todos los que han leído alguna vida moderna de este gran amigo de Dios lo saben. No se entenderá nada de esta vida, dice atinadamente G. K. Chesterton, mientras no se vea que su religión era para este gran místico, no alguna cosa abstracta e ideal, como una teoría, sino un asunto del corazón y el amor de un ser real. Conscientemente, continuamente quiso vivir como su Maestro, con su Maestro y de su Maestro. Su Regla, tal como la concibió, no es más que el Evangelio en acción; estaba al principio compuesta casi exclusivamente de versículos tomados a S. Mateo. Y cuando el creciente número de hermanos, las necesidades del apostolado y las miserias humanas impusieron una serie de adiciones, de correcciones y de precisiones, aun son las expresiones inspiradas las que dominan. Hasta en la efusión sublime que termina la Regla primera o Regla no bulada, un ojo atento distingue, bajo las imágenes y los llamamientos tiernamente apasionados, la letra evangélica, asomando en todas partes, como la roca en la pradería de una montaña. ¡Y qué oraciones!
«¿Quién eres tú, dulcísimo Señor y Dios mío? Y ¿quién soy yo, vilísimo gusano e inútil siervo tuyo? ¡Señor mío amadísimo, cuánto quisiera amarte! ¡Señor mío y Dios mío, te entrego mi corazón y mi cuerpo; pero con cuánta alegría quisiera hacer más por tu amor si supiera cómo!» (Florecillas, part. II, cons. 3).
Francisco jamás separa al Hijo del Padre; en el punto culminante de su carrera en el monte Alvernia, es todavía Jesús y Jesús crucificado el que le introduce en el «secreto del rey» y la gran alegría divina. Hasta el fin, este ilustre siervo de Dios perseveró adorador extasiado del Maestro de Nazaret.
Pero a este Maestro, y es cosa notable, no va a buscarlo Francisco por un camino exclusivamente suyo, guiado por su solo amor, fuera de los sacramentos, doctrinas y tradiciones de la Iglesia. Sobre esto, el teólogo evangélico F. Heiler dice justamente que Francisco «es el modelo del santo católico. Todos los rasgos del ideal de santidad católica están impresos en su faz. Toda la riqueza de la piedad católica vive en su alma ancha y grande; las poderosas antinomias religiosas que la cristiandad católica abraza se manifiestan en su vida interior y exterior. El que quiera dar a conocer el catolicismo a un seglar piadoso, sencillo y sin ilustración teológica, que describa ante él la figura del Pobre de Umbría. Francisco no es un semi-herético en manera alguna; ni un reformador; mucho menos, el héroe de una religión moderna; antes al contrario, un ejemplar acabado y perfecto de la piedad católica, cuya irradiación esplendente ha llegado hasta nuestros días sin debilitarse». Y es que él sabía que «nadie tendrá a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por madre» (S. Cipriano). Más de una vez hace protestas de sumisión plena y perfecta a la autoridad; impone esta sumisión a sus discípulos; exalta la necesidad del intermediario autorizado, consagrado, del sacerdote católico, en términos donde la alusión a los terribles abusos de aquel tiempo pone una nota verdaderamente heroica:
«La regla y la vida de los hermanos menores es ésta, a saber: observar el santo Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo... El hermano Francisco promete obediencia y reverencia al señor papa Honorio y a sus sucesores canónicamente elegidos y a la Iglesia romana» (1 R 1). «Que ninguno de los hermanos predique contra la forma y reglas de la santa Iglesia romana...» (1 R 17). «Que todos los hermanos sean católicos y que vivan y hablen como católicos. Si alguno peca contra la fe y vida católica... y no se corrige, sea expulsado absolutamente de nuestra fraternidad» (1 R 19).
«El Señor me ha concedido a mí, fray Francisco, la gracia de comenzar así a hacer penitencia... el Señor me dio y me da todavía una tan grande fe en los sacerdotes que viven según la forma de la santa Iglesia romana, por el orden de los mismos, que, aunque me persiguieran ellos, a ellos acudiría. Y si yo tuviera tanta sabiduría como Salomón, y encontrara a los pobrecillos sacerdotes de este mundo, no quiero predicar contra su voluntad en las parroquias donde ellos residen. Y a ellos y a todos los demás quiero respetarlos, amarlos y honrarlos como a mis señores, y no quiero considerar en ellos pecado, porque discierno en ellos al Hijo de Dios y ellos son mis señores» (Testamento).
[L. de Grandmaison, S.J., Jesucristo, Barcelona, Editorial Litúrgica Española, 1932, pp. 953-955.] [Selecciones de Franciscanismo, vol. III, n. 8 (1974) 221-222]

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San Juan Evangelista y San Francisco El Greco, óleo sobre tela