Soy de TACNA, y escribo desde acá ocurrencias propias y no necesariamente por coyunturas.

martes, 4 de marzo de 2014

"EL TUNANTE", JUAN PICHÓN (bis)

ABELARDO GAMARRA, “EL TUNANTE”
(1857-1924)

JUAN PICHÓN

¡Qué diálogo el que estableció en casa de la familia de Pichón, el día en que se trató de elegirle una carrera!

-No, señor, exclamó la madre, yo quiero que Juanito sea abogado.
-Pero, si Juanito es un poco bruto, dijo el padre, golpeándose la frente.
-No importa: más bruto eres tú, y por poco no fuiste Ministro.
-Ser Ministro es más fácil que ser abogado, mujer; para ser abogado se necesita estudios.
-Aquí no se necesita estudios para nada, borrico.
-Mejor será que lo dediquemos al comercio.
-¿Sí?; como tú tienes tanta plata para ponerle un almacén.
-¡Almacén! ¡Almacén! Que comience de abajo, como ayudante.
-¡No faltaba más!
-Lo mandaremos a una chacra.
-Anda tú si quieres; mi hijo, ¡jamás!
-Lo que más le conviene es un oficio.
-Mejor sería barredor de calles o ladrón de caminos, ¿te parece?
-Pero, mujer…
-Abogado he dicho y abogado tiene que ser.
-Bueno, que sea abogado. (Estas mujeres, señor, estas mujeres que la han dado por que sus hijos sean abogados, médicos, Ministros o Presidentes de la República, refunfuñó el marido).

La señora cogió la manta y se fue ella misma a matricularlo: empeñó sus aretes, vendió una sortija, prestó plata y vistió de pies a cabeza a nuestro joven universitario.

En la Universidad lo jalaban todos los años en todos los cursos; pero él dale con el estudio.

A pesar de su brutalidad, no tenía un pelo de tonto, como que en nuestro país es regla  general: brutos al por mayor; ingenuos…ni por asomo; de manera que, adulando a los profesores y en intrigas de año en año, fue subiendo escalones; y por fin, con una tesis escrita por un amigo de la casa se graduó de bachiller.

¡Qué gusto para doña Manonga el día que esto sucedió!

-¿Ya lo ves, ño Silverio?, dijo a su marido, ¿ya lo ves? ¡Mi Juan es bachiller!

Pasó a practicar la abogacía en el estudio del doctor Juan Manuel García Carabobo y Siete Jeringas, y a los dos años hubo fiesta en la casa de Pichón y una crónica en el periódico que dijo:

  • “Juramento.- Hoy ha prestado juramento, ante la Excma. Corte Suprema, el estudioso y recomendable joven Juan Pichón, uno de los mejores pichones de San Carlos. Deseamos al graduado el más  venturoso porvenir”.

-¿No lo ves? , volvió a decir la madre al marido: ¿no lo ves? Ya está de abogado.

En realidad, este joven, medio busca vidas, pasó al número de esos abogados que están con la boca abierta viendo defender pleitos y sin que les caiga ni un cliente de Juzgado de Paz, abogados vírgenes, viven con los brazos cruzados, leyendo novelas y hablando de política; abogados a cuerpo gentil, vacíos de mente y de bolsillo.

Un día, este miembro de ese cuerpo de letrados indefinidos que para nada sirve, dijo en la mesa:

-¡Caracoles! Si tuviera un empeño. Me haría nombrar Juez de Primera Instancia de Pelagatos.

¿Empeño dijo? Pero si estamos en la tierra de los empeños… La madre volvió a coger la manta y anduvo de Herodes a Pilatos; vio a Jueces, a los Vocales, al Prefecto, al Ministro, al Todopoderoso; y no contenta con sus súplicas personales, obtuvo cartas de recomendación del Padre Eterno y de la Santísima Trinidad, y removiendo Cielo y Tierra consiguió que a Pichón, a ese calabazo vacío, sin práctica y sin nada, lo nombraran Juez de Primera Instancia de Pelagatos, posponiendo a multitud de personas de mérito y sobre la cabeza de todos los que se hicieron cruces al ver a Juan Pichón en terna.

Con cuánto gusto leyó en alguna crónica:

  • Pelagatos.- Con esta fecha el doctor Juan Pichón ha sido nombrado Juez de 1ª Instancia de Pelagatos: felicitamos al inteligente doctor Pichón; felicitamos al Supremo Gobierno, felicitamos por nuestra parte por tan acertado nombramiento”.

Esta nota la hizo redactar el mismo Pichón y lo llevó, por supuesto, personalmente a las imprentas.

-¿No lo ves?, volvió a decir la madre, que jamás olvidaba la oposición de su marido, ¿no lo ves?, y pasó a preparar el equipaje.

“No seas ingenuo”, le dijo mientras le acomodaba las camisas. “Asegúrate, busca. Mira que en la sierra son muy brutos. Yo vi cómo se fue el hijo del vecino y hoy ellos ya tienen casa propia, y él les manda de todo. Por lo pronto no te olvides de una mujer para que sirva en la cocina. Ya tú ves cómo estamos.”

Con el mismo placer con que los cóndores se ciernen sobre las dilatadas punas del Pelagatos, o los cernícalos cruzan por sus quebradas, así emprendió la marcha nuestro flamante juez, llevando por  ayudante a uno de esos famosos come-tinta del Palacio de Justicia, especie de gancho que, iba a servir al señor juez para guiarlo por el intricando laberinto de las malas mañas.


DIEZ AÑOS DESPUÉS

Han transcurrido diez años desde que Juan Pichón se hizo cargo de su judicatura.

El señor Juez es un hombre de anchas espaldas, pulmones poderosos, buen estómago y mejor vejiga; lleva los ojos inyectados de sangre, la voz ronca, la nariz colorada, el pelo largo y mal recortado,  la barba desgreñada y aspecto de jarana.

Sus pantalones con dificultad se le sujetan a la cintura; completa su traje un ancho saco, en cuyos bolsillos jamás falta algo para el estómago, y un sombrero de panza de burro colocado a lo mozo malo.

El señor Juez se levanta a las seis de la mañana, hora en que suelen venir a visitarlo el Cura y algunos compadres, con los que, en mangas de camisa, sin dejar el cuarto de dormir, despachan los tres cuartos de botella que siempre quedan sobre la mesita de noche; a esto llaman “el corte”.

A las ocho sale a dar una vueltecita por la plaza, y hace estación en la tienda del bodeguero más acreditado, donde en charla amigable, entre él y otros de su devoción, se toma unos tragos y se juegan diez o doce copitas, lo que el señor Juez llama “la sumilla del expediente”.

A las diez, a almorzar en casa de su compadre que es uno de los poderosos  del pueblo, por supuesto, y lo primero que se pone en la mesa es la jarra de chicha para S.S.:”el compadre no puede estar sin su chichita” dice la señora de casa.

A las doce, al despacho.

El fuerte del Juez son los juicios criminales y los deslindes: S.S. arrasa con todo lo que puede, además de favorecer a aquel que le paga más. Cada juicio criminal es una veta de oro en la que corta a cincel y sin misericordia: el asesino más famoso, el ladrón de caminos más conocido, el criminal más digno de cárcel, con dar 200, 400, 500 o más soles, es absuelto inmediatamente.

Con esto, y con nombrar jueces de paz a sus allegados, para lo que suele decir también “no hay nombramiento si no hay propinitas” y se rasca la palma de la mano, con esto, decimos, y con nombrar a los de su círculo, el señor Juez tiene una renta de 500 y mil soles mensuales, fuera de obsequios y de fragilidades.

Así anda este hombre, padre  de la lujuria, primo hermano de la bebida y sobrino de ladrones, a nombre y en representación de la ley, agobiando a los infelices, favoreciendo pícaros, dando alas a los que se aprovechan del pueblo y santificando a cuantos tienen la desgracia de caer en sus manos.

Le temen y le odian.

Tiene chacras, propiedades en la ciudad y minas, es Juez y defiende muchas veces a las dos partes; cuenta con el apoyo de los de los “principales” que lo hartan a regalos y se pasa la vida de un rey.

A su lado, crecen y se multiplican los escribas y fariseos; es decir, los papelistas y los agentes de pleitos de peor calidad: es como un jefe de numerosa banda de rufianes: no tiene más ideal que sus vicios y personifica en la provincia todas las corrupciones.

No le importa el clamor de los desgraciados, ni hace caso de lo que le dicen. Cuenta con altos personajes cuyos intereses políticos secunda y alardea de su influencia.

En SATÍRICOS Y COSTUMBRISTAS,  Selección de Manuel Scorza (1957)

Pp.  70-75

El texto es una Adaptación, como escribí ayer.

Laguna de Pelagatos


lunes, 3 de marzo de 2014

"EL TUNANTE", JUAN PICHÓN

Sería una vergüenza no mejorar, no volver algo distinto, no tener más que dar, sea el oficio o situación que sea. La forma más sencilla –y barata- de superarse a uno mismo es leer, cuando no salir a mirar la calle. Entre ambas, he preferido la primera de ellas, a causa de este caluroso verano.

"El Tunante” rajó de nuestras instituciones hace casi un siglo. Sin embargo, algunas de sus críticas bien pueden volver a sonar en nuestros días. He encontrado un textito suyo muy sabroso que quiero compartir: “Juan Pichón”, el abogado (¿por qué nuestros satíricos se meten tanto con la Jurisprudencia?) obtiene su carrera a costa de otros y, con poco estudio y mucha sobonería, logra finalmente, el puesto de Juez en el pueblo de Pelagatos*  en donde, junto con los "principales” civiles y  eclesiásticos hace del dolo y soborno sus mayores ganancias.

¿Serán así todos los abogados? Recuerdo que hace años escribí una historia sobre un tal Aguleyo Desrábula, rey de la farsa, señor de la vida licenciosa, y la publiqué en una página web cuyo rastro he perdido. No se me olvida tampoco el mediocre cuento (yo no soy literato) de 2004 sobre Óscar El Abogado, escrito en momentos en que aprendía latín en la Biblioteca de Tacna**; en estas historias, seguía con la línea sarcástica de "El Tunante", aunque nunca lo había leído.

Es raro, porque en particular, no creo que todos los abogados sean tan ruines y brutos como los pintan estos textos. Tengo amigos abogados y, hasta ahora, no los he visto en las portadas policiales del Caplina, el diario de Tacna. Además, mi hermano está siguiendo estudios de leyes para ser un futuro defensor de los desvalidos, paladín de la justicia, luminaria de la Ley, y yo le deseo lo mejor de lo mejor, porque esa profesión tan memorística y labial, algo de bueno debe de tener.


Me ganó la pluma. En una entrada aparte colocaré la adaptación que hice al “Juan Pichón" de Abelardo Gamarra, “El Tunante”.

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* Si no pone ese nombre por broma, se refiere quizá al caserío del mismo nombre en Pampa, provincia de Pallasca  en el departamento de Áncash.
** Quizá, en algún momento de ausencia de amor propio, la publicaré.


"La Justicia" tuerta de los dos ojos, como diría nuestro autor.


Abelardo Gamarra Rondó "El Tunante"